Hoy tuve la grata fortuna de conocer en persona a José Emilio Pacheco. Asistió a la presentación de un libro que sobre él publicó la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL (donde estudio), que realmente es una compilación de varios poemas suyos.
Llegó apoyándose en su bastón, y reverenció los aplausos del auditorio. Después de la presentación leyó y comentó algunos de sus poemas. Hombre muy humilde y sencillo, simpático, con un gran sentido del humor, se veía más viejo para alguien de 70 años, pero tal vez es el precio que pagan los intelectuales, envejecen más rápido. Al final me firmó mis libros “El principio del placer” y “Las batallas en el desierto”.
-¿Los dos?- me preguntó él.
-Los dos- le contesté con una sonrisa como la que me ofrecía.
-¿Cómo te llamas?- mientras abría la portada del primero de ellos.
-Alfredo- le dije.
-Alfredo- repitió en seguida, y una vez más cuando terminó y me los entregó: -Aquí tienes, Alfredo-.
-Muchas, muchas gracias maestro- le dije mientras intercambié una cordial mirada con él, para después ser retirado de la enorme fila casi a empujones por mis demás compañeros.
¡Qué gran señor! Esta es una de esas cosas que jamás se me van a olvidar, y tengo 2 autógrafos para recordármelo.
La "y"
En los muros ruinosos de la capilla
florece el musgo pero no tanto
como las inscripciones: la selva
de iniciales talladas a navaja en la piedra
que, unida al tiempo, las devora y confunde.
Letras borrosas, torpes, contrahechas.
A veces desahogos, insultos.
Pero invariablemente,
las misteriosas iniciales unidas
por la "y" griega:
manos que acercan,
piernas que se entrelazan, la conjunción
copulativa, huella en el muro
de cópulas que fueron, o no se realizaron.
Cómo saberlo.
Porque la "y" del encuentro también simboliza
los caminos que se bifurcan: E. G.
encontró a F. D. Y se amaron.
¿Fueron "felices para siempre"?
Claro que no, tampoco importa demasiado.
Insisto: se amaron,
una semana, un año o medio siglo.
Y al fin
la vida los separó o los desunió la muerte
(una de dos sin otra alternativa).
Dure una noche o siete lustros, ningún amor
termina felizmente (se sabe).
Pero aun la separación
no prevalecerá contra lo que juntos tuvieron.
Aunque M. A. haya perdido a T. H.
y P. se quede sin N.,
hubo el amor y ardió un instante y dejó
su humilde huella, aquí entre el musgo
en este libro de piedra.
(José Emilio Pacheco, "Los trabajos del mar")